El Hijo, viernes 6, Cine Club Junín. 21hs

(L’enfant) Bélgica/Francia, 2005.

Dirección, guión y producción: Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne. Fotografía: Alain Marcoen. Sonido: Thomas Gauder. Intérpretes: Jeremie Renier, Deborah François, Jeremie Segard, Fabrizio Rongione, Olivier Gourmet.

A continuación compartimos una selección de reseñas sobre este film. La primera pertenece a “Pagina/12″ y la segunda al sitio web “Cineísmo.com”.

El Hijo. Crítica 1: Desde un comienzo, El niño –justa Palma de Oro en el Festival de Cannes 2005– no da respiro, se introduce de lleno en su tema, transmite inmediatamente su tensión, como si el film hubiera entrado, repentinamente, sin permiso, en un momento determinado de la vida de sus personajes, sin preámbulos ni explicaciones. Hay una rugosidad, una aspereza en el cine de los hermanos belgas Luc y Jean-Pierre Dardenne que no tiene que ver solamente con el uso de la cámara 16 mm al hombro, ni con la inmediatez de su registro, o la naturalidad de sus intérpretes, generalmente no profesionales. Esa rusticidad de sus films –de La promesa, El hijo y ahora El niño, sus tres magníficos films estrenados en Argentina– proviene más bien de la manera de concebir al cine como un campo de expresión de tensiones sociales, de conflictos a los que los Dardenne les ponen literalmente el cuerpo.

El hecho de que éstos sean los materiales sobre los que trabajan los Dardenne no implica que haya una mirada paternalista o condescendiente sobre sus personajes (como le terminó sucediendo a Ken Loach, el cineasta británico que alguna vez supo tocar una cuerda similar y que en sus últimos trabajos parece haber perdido el rumbo, con una tendencia cada vez mayor al maniqueísmo). Por el contrario, en el ascetismo de El niño, en su desnudez, en su despojamiento formal se refleja también –a la manera del cine de Robert Bresson– un rigor infrecuente en la manera de encarar los conflictos morales que el film tiene por delante.

Fieles al realismo duro que marca todo su cine, los Dardenne vuelven a ocuparse aquí de los marginados de Europa, en este caso una pareja de adolescentes que vive de pequeños robos callejeros y que acaba de tener un bebé. Queda claro que Bruno y Sonia se quieren, pero eso no le impide a él –sin el consentimiento de ella– intentar vender al bebé. Al fin y al cabo, se trata de ganar 5000 euros, de una sola vez. Es que en el mundo en el que nacieron y crecieron (y en el que crecerá también su hijo), la plata y el consumo –una campera de cuero de marca, un estéreo, un auto– lo es todo. “Podemos tener otro…”, le dice cándidamente Bruno a Sonia, como si se tratara de producir, sin costo alguno, una mercancía más.

En una de las tantas sutilezas de L’enfant, quizás ese niño del que habla el título de la película no sea otro que el mismísimo padre, ese muchacho que deberá aprender solo, de la nada, sin modelos ni parámetros a la vista, esa responsabilidad que le ha tocado, un poco demasiado temprano en la vida. Y si la película anterior de los Dardenne, la extraordinaria El hijo, estaba construida sobre todo aquello que significa un hijo, ahora El niño –en una demostración de coherencia en su obra que confirma a los Dardenne como auténticos autores– no puede sino interrogarse sobre la figura del padre.

Contra lo que podría suponerse de la mera descripción de su argumento, o lo que hubiera hecho con él casi cualquier otro director en su lugar, el film de los Dardenne jamás cede a la tentación del miserabilismo o la infección sentimental: todo en él es crudo, áspero, inclemente, como la realidad que les toca vivir a sus personajes, empujados hacia el vacío por una sociedad de consumo en la que el único valor es el dinero. Hay una solidez, una austeridad, una nobleza en L’enfant (también podría llamarse, si no fuera por el film de Bresson, L’argent, tal es la circulación de billetes en el film, aunque más no sea un puñado de euros) que son cada vez más infrecuentes en el cine de hoy. Ese dinero, siempre omnipresente, corriendo escaso de mano en mano; los espacios estrechos, asfixiantes; la discriminación larvada o manifiesta; expresan en El niño, de manera transparente, cómo es la cotidianidad en los márgenes, qué es lo que está todos los días en juego en los suburbios de la opulencia, y que no es otra cosa que la vida misma, sin anestesia. Por Luciano Monteagudo.

El Hijo. Crítica 2: A la ganadora de la Palma de Oro en Cannes se la esperó con muchas expectativas. Entre otras cosas, y amén de semejante premio, por ser de los ascendentes –en prestigio, en interés– hermanos Dardenne. No era para menos.

Se trata de una película concentrada en la cotidianidad más pura, con una cámara que, como un personaje más, sigue de cerca a una pareja de adolescentes marginales por las calles, en las que él junta dinero como puede (pequeñas estafas, medianos robos) y por las que ella pasea, o carga, al bebé que es hijo de ambos.

Ocurre algo muy chocante, que no es dable revelar, y a partir de ese momento la historia empieza a discurrir en torno de un conflicto más puntual, o más convencional, o más palpable. Lo que importa, sin embargo, es la acumulación emotiva que de punta a punta opera el film, impregnándonos cada vez más de esas historias que, más allá de toda clase de distancias (sociales, etarias, culturales), llegaremos a vivir, o cuanto menos a sufrir en carne propia.

Las actuaciones son profundamente verosímiles, algo que llama la atención en el caso de la chica, Déborah François, de apenas 18 años. La propia Déborah –el año pasado, en Pinamar– reveló parte de la receta: los Dardenne no sólo le pidieron a ella y a su compañero, Jérémie Renier, que “actuasen” como si fuesen ellos mismos, sino que repitieron muchas tomas… ¡hasta 25 veces! Y ciertas asperezas muy consustanciales a la relación de la pareja son hijas de la dureza, y hasta de la violencia, con que los hermanos trataron a los actores. Y sí: cada maestro, con su librito. El hecho es que la química de los protagonistas no deja de sorprender, y uno los ve como pareja, pero también como dos hermanos enlazados por un desamparo irrevocable, por una irrevocable sordidez. Y Renier es lindo y feo y joven y viejo a la vez, como lo era Belmondo; no hay muchas máscaras así.

Volviendo a la cámara: constantemente al hombro, es una pieza clave de otra de esas raras puestas en escena en las que todo luce absolutamente natural… aunque nada haya sido librado al azar: los desplazamientos de los personajes hacia cámara o en sentido contrario hacen que los planos medios se conviertan respectivamente, y exquisitamente, en primeros planos o en planos generales. Esto proporciona agilidad sin restar espontaneidad.

El final es redentor en el mejor sentido porque, aunque tierno y optimista, también es doloroso, y trágico, y hace que uno se pregunte: ¿y ahora qué otra mierda les depara la maldita sociedad burguesa a nuestros héroes? Por Guillermo Ravaschino.

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