Nuevamente el Cineclub local nos ofrece una joya de la filmografía nacional (antes había sido el turno de “El juego de la silla” de Ana Katz), en coherencia con una muy acertada y variada programación que viene realizando desde su feliz aparición en marzo de este año. Los cinéfilos juninenses, agradecidos, pudieron descubrir o redescubrir excelentes títulos -como “Mí tío”, “La Ceremonia”, “Así habla el amor”, “Palombella Rossa”, “Luna de Papel”, “Derzu Uzala”, “El empleo del tiempo” o “Entre tinieblas”- y renombrados autores del séptimo arte -Ozu, Kurosawa, Cassavettes, Bogdanovich, Malick, Almodóvar, Buñuel, Moretti, Cantet, etc-.
El exquisito criterio de selección, como puede apreciarse, ha considerado tanto clásicos ineludibles como también, evitando las elecciones obvias, aquellos films no tan conocidos y apreciados en la carrera de algunos cineastas. Tal es el caso, por citar un ejemplo, de la elección de “Entre tinieblas”, una de las primeras realizaciones de Pedro Almodóvar, en vez de caer en títulos como “Carne trémula” o “Mujeres al borde de un ataque de nervios”.
También podría decirse lo mismo del excelente film de Leonardo Favio que nos proponen para la noche de mañana. El Dependiente es mucho menos conocida quizás que las predecesoras “El Romance del Aniceto y la Francisca” o “Crónica de un niño sólo” con las cuales forma la llamada trilogía de “carbonilla” del director argentino, ya que es la última que realiza en blanco y negro.
A continuación, un comentario sobre este film y una reseña de la obra de uno de los más importantes directores de cine nacional. También puede verse en You tube un video en que Favio habla sobre dicha película: 
EL DEPENDIENTE (1969)
Hay algunos a los que les ha sido vedada la posibilidad de ser feliz. Uno de ellos es Fernández, el protagonista de este brillante film de Favio.
Fernández está encadenado, lo sabe y lo sufre. Lo que no sabe (o no quiere saber) es que él es El dependiente, y como tal, no hace más que cambiar su objeto/sujeto de dependencia.
Imagina cómo sería su vida cuando Don Vila, el dueño de la ferretería en donde trabaja, se muera. No olvida lo que le prometió una vez al pasar: algún día el negocio sería suyo. A partir de ese momento Fernández sólo espera que ese día llegue.
Mientras tanto conoce a la señorita Plasini (personificada por una hermosa Graciela Borges), la vecina de la cual esta enamorado. El aire de las casa de las Plasini está viciado por ellas mismas, sus miedos y perversiones. Dentro de esas paredes la lógica es diferente a todo (como suele decirse, cada familia es un mundo, y esta es uno de los raros). Fernández demuestra su amor como puede, y no puede ocultar su sombra kafkeana que lo persigue por el pueblo.
Así es como Fernández se balancea entre el mundo masculino de la ferretería y el mundo femenino de la casa de las Plasini, en donde la masculinidad sólo se representa por medio de la ausencia (del padre muerto, y de Estanislao, el hermano tonto). En la ferretería las cosas se suceden cotidianamente, como en cualquier trabajo; pero en la casa de las Plasini las cosas son un tanto más oscuras: madre e hija poseen en igual proporción ganas de salir y de quedarse. Cuando quieren salir, el temor al exterior las obliga a quedarse (es cuando la señora Plasini encuentra la panacea en la radio); cuando quieren quedarse, la opresión generada por su propio ambiente las obliga a salir (hasta la puerta, no mucho más).
De todas las virtudes que despliega Favio en esta película, es quizás el tono de actuación encontrado lo más potente y revelador. Los personajes dicen y se mueven como sólo lo pueden hacer dentro de ese pueblo escabullido en algún rincón de la provincia de Buenos Aires, por donde hoy, seguramente, las vías del tren sólo sirven para que un abuelo le cuente a su nieto historias de encuentros y desencuentros alrededor del ferrocarril.
(Por Ignacio Santillana, para http://www.revistasiamesa.com.ar)




