La cadencia desprolija del blues dirigiendo las piernas de las mujeres, sus caderas deslizándose por los compases y sus brazos marcando las frases que la voz grave de un negro aullaba en aquel bar, perdido en Londres.
Desnudando con sus ojos tales bellezas, los caballeros con la cabeza en el whisky recorrían las mesas, saludándose. Sus manos se estrechaban con entusiasmo mientras una nueva copa era servida para el festejo.
La noche les traía alegría, la noche y las ganas de demostrar su destreza frente a los blancos. Nadie más que ellos conocían el desenfrenado rhythm and blues. Nadie más que él, nacido en Seatle, Washington, en el 42’, desarmaría ese bar cuando tomara su guitarra con la mano izquierda.
Con sus veintisiete años a cuesta, Jimi contaba con sólo cuatro de fama. Y era aquí, en Londres, donde lo habían consagrado el rey de las seis cuerdas de los 70’.
El baterista empieza a demoler los tambores, el tecladista expande una ola de sonido penetrante, la base del bajo se impone y él, único guitarrista en el universo, delira entre los tres tonos básicos del rock’n’roll, improvisando hasta su apellido: Hendrix.
La tez oscura contrasta con los brillos de sus ropas: amplia camisa de colores chillones, excéntricos pantalones adheridos a sus piernas, collares, pañuelos y las manos moviéndose a su antojo.
La banda para de tocar cuando Jimi desarma el último acorde en distorsiones disonantes y los gritos tiemblan en el escenario.
A la hora de bajar del trono, éste rey se siente embriagado por una sed que ninguna bebida puede calmar, combina somníferos, prueba con otras drogas…
Y en una de estas alocadas presentaciones nocturnas, deja su cuerpo sin el alma de músico genio que transformó para siempre la historia del rock’n’roll.
Psicodelia
La droga evita la inhibición y libera la creatividad de la barrera del racionalismo. Quizás por esto en el mundo del arte y la cultura ha tenido muchos profetas, teóricos y practicantes.
Droga y arte tienen una relación indirecta que poco a poco va perfilándose como una elección libre. Forma un binomio que puede ser estudiado a lo largo de la historia, desde la antigüedad, cuando el opio formaba parte de ritos religiosos.
Músicos clásicos fueron aficionados a la morfina durante el siglo diecinueve. En las siguientes décadas la marihuana y la heroína se popularizó entre los músicos de jazz como Charlie Parker, John Coltrane o Ray Charles. A lo largo de los 60 y 70 se dio la explosión de los alucinógenos (LSD) dentro del mundo musical, lo que quedó reflejado en la música psicodélica que creaban bandas como Iron Butterfly ,Grateful Dead o Pink Floyd. Músicos como Eric Clapton o David Bowie hicieron uso extensivo de los tóxicos durante su juventud. Otros como Jimi Hendrix, Janis Joplin o Jim Morrison murieron de sobredosis. Durante los 80 y los 90 el consumo abusivo fue disminuyendo ligeramente. Pese a ello bandas como Nirvana o Motley Crue estaban claramente influenciadas por diversos narcóticos. En el nuevo milenio ha sido el pop con referentes como Pete Doherty y Amy Winehouse quien ha tomado el legado de estas sustancias en la música.
En este breve repaso por la historia musical, se puede apreciar cómo las drogas han tenido simultáneamente un efecto positivo y negativo. Ha generado estilos como el rock psicodélico, un género que se ha desarrollado ostensiblemente y que se puede ver reflejado en bandas como Tool, y muchas veces han servido de catalizador de la evolución musical y, por el contrario, ha demostrado la mediocridad de un artista saliendo a escena intoxicado, sin noción de donde está, al borde de un desmayo, cuando no la muerte.
El porqué la droga ha formado y forma parte de la música podría ser la clave en este punto. La falta de inspiración, la necesidad de encontrar estímulos de un modo artificial constituiría la hipótesis más acertada en la relación droga-arte. Desde el Renacimiento el artista, ya sea músico, poeta, escultor, etc. por su condición de creador ha sido considerado una persona con un “don único”. Sin embargo, con el uso de las drogas renuncia a ese proceso. Gracias a la droga ya no es un genio, un ser marcado por un don divino, sino un estrato más en la escala social que utiliza la tecnología para modificar su terreno somático en la producción de su arte. El caso de Beethoven es significativo. Se conoce que durante los últimos años de su vida sufría de terribles dolores. Sin embargo, decidió no tomar drogas que comprometieran su capacidad como compositor.
En conclusión, la unidad del universo, la absorción de lo que significan las cosas a nuestro alrededor, o la persuasiva aura de paz y satisfacción no constituyen el estado ideal de un artista, sino que tranquiliza la personalidad creativa, lo que entra en conflicto con la furia que debería suponer el nacimiento de las ideas. El artista debería buscar la trascendencia en su propio trabajo y no imponerse barreras artificiales entre él mismo y el motivo principal de su subconsciente.
Dijo William Blake: “ Si las puertas de la percepción se abrieran todo aparecería al ser humano tal como es: infinito. El hombre se ha limitado a sí mismo, divisando las cosas a través de las estrechas hendijas de su propia caverna”. Tenemos dos preciados regalos para buscar la manera de abrir esas puertas: libertad y conciencia. De nosotros depende salir de la caverna.
María Delia Colaneri


