¿Es posible concebir a las drogas como fuente de inspiración artística?, ¿pueden pensarse ciertos vicios como modernas musas iluminadoras de los escritores? Y si así fuera, ¿qué impacto producirían en sus respectivas obras? En principio, dejaré en suspenso estas cuestiones para enfocarme en tres escritores argentinos que escriben sobre diversos vicios en sus textos.
Las sustancias corrosivas. Carlos Gamerro tiene en su haber una serie de títulos en los que se exhibe el extraño y alucinado mundo de los mejunjes ilícitos. En su primera novela, Las islas, Felipe Félix, ex combatiente de Malvinas y hacker, nos introduce en ese universo, mientras descubre que la guerra entre la flota inglesa y la armada argentina continúa de manera solapada, aún diez años más tarde de su triste final. Así, los videojuegos de guerra se mezclan con las fantasías alucinógenas provocadas por diversas drogas en desesperados intentos de Felipe (y demás sobrevivientes) por obtener una venganza, un triunfo bélico. Si bien a mi entender Las islas es la novela del autor que mayor impacto produce en el lector, quien se ve arrastrado con violencia a un mundo caótico y cruel hasta la desmesura, y la que mejor da cuenta del carácter de un adicto a las drogas, también se pueden encontrar en otras novelas de Gamerro este tipo de personajes, como en El secreto y las voces o en El sueño del señor juez.
La veta etílica. Abelardo Castillo ha trabajado en numerosas oportunidades con la problemática del alcohol en sus textos. Crónica de un iniciado, notable versión argentina del mito fáustico, nos muestra un Esteban Espósito que coquetea con el demonio en territorio cordobés, ombligo geográfico argentino, a la vez que persigue a Graciela, su amada ausente, y va de copa en copa por distintos ambientes académicos. Del alcoholismo incipiente de este hombre abandonado en la selva oscura dantesca a la completa adicción sólo hace falta pasar de una novela a otra del mismo autor. El que tiene sed, publicada varios años antes que Crónica de un iniciado, da cuenta de un momento posterior: muerto Santiago, el poeta jujeño, Esteban se interna voluntariamente en un hospital neuropsiquiátrico para dialogar con un poeta místico, Jacobo Fiksler, en un digno paso de baile de Thomas Mann. Y esto no es todo: en la obra de teatro Israfel, Castillo delinea una admirable versión de Edgar Allan Poe, escritor norteamericano que, sumido en la pobreza más absoluta, a pesar de su arduo trabajo como escritor, se entrega paulatinamente al vicio etílico.
Volutas de humo. Osvaldo Soriano es un escritor pródigo en personajes fumadores. Por nombrar sólo a algunos: Galván, el cantor de tango devenido en manager de Rocha, un boxeador casi retirado, en Cuarteles de invierno; o la gran pareja de fumadores compulsivos de Triste, solitario y final que se arroja a una aventura despampanante y tragicómica por calles estadounidenses: el mismísimo Soriano y su compañero, el detective escapado de la pluma de Chandler, Philip Marlowe. Ignoro si alguna vez Soriano leyó a Ítalo Svevo, pero encuentro inevitable la asociación con el italiano, escritor – entre otras cosas – de La conciencia de Zeno, relato de un fumador que siempre está fumando su último cigarrillo y que a partir de ese hecho decide narrar su historia.
Hasta este momento me ocupé ostensiblemente de hablar de los vicios en la literatura, a través de tres escritores argentinos que han relatado con maestría peripecias de personajes drogadictos, alcohólicos o fumadores compulsivos. Ahora bien, ¿qué ocurre con el nexo entre literatura y drogas, es decir, entre los escritores y sus adicciones personales? No voy a negar la existencia de vicios más o menos confesables por parte de distintos autores a lo largo de la historia. Sin embargo, tal vez la pregunta no se encuentra bien planteada: trazar una conexión directa entre un texto literario y el uso de estupefacientes por parte de un determinado escritor es reducir un producto cultural altamente complejo a un mero hecho cuasi-inconsciente y automático. Como si escribir Adiós a las armas o “La caída de la casa Usher” fuera consecuencia única y exclusiva del consumo de cualquier sustancia. De esta manera, cualquier borracho sería Hemingway; cualquier hombre asiduo a los bares de copas lograría escribir cuentos al estilo de Poe. Así, qué fácil sería, ¿no?
por Rocío Martínez

