La abolición del dogma

Son estos, tiempos hipermodernos en los que el mundo se ve inmerso en un frenesí implacable de la tecnología, el progreso, la ecología, los derechos humanos, la justicia social, pero también el desengaño, la mediocridad, las promesas rotas; el desencanto que la modernidad proponía con su idealismo y evolución indefinida. Una profunda reflexión sobre la maquinaria económica, social y política nos deja mal parados para afrontar los desafíos que esta ciudad chiquita nos propone.
En la última dictadura militar incontables periodistas, escritores, dramaturgos, músicos y artistas asediados por el temor de la represión nos dejaron en forma de metáforas documentos patentes de su época. A lo que le siguió el vaciamiento intelectual y creativo de los años noventa con el neoliberalismo.
La palabra, una vez censurada por el estado, es hoy en día encarcelada por el Mercado. Diferencias aparte, nadie puede negar el poder del mercado para ensalsar o humillar a sus jugadores, y son quienes lo controlan los que deciden sobre el éxito de los artistas que se ven inmersos en este mal necesario. Como diría Borges en su poema Ajedrez: […] Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza […]
Esta censura comercial de disqueras, editoriales y televisores hoy nos presenta un plano cartesiano; un plano que involuciona a los puntos que comprende a una bidimensión que no se aplica a los tiempos que corren, y siguiendo con la metáfora, es obsoleto a la tridimensionalidad de artistas, estilos, historias y mentes que hay en el universo de la construcción lineal del tiempo.
El mercado desvirtua, hace nacer grandes franquicias de chicos que recién salen de la escuela, no necesita promover experiencias maravillosas, sino vender. Es por eso que un éxito medido en niveles de rating, en            ganancia, en viles ventajas financieras nunca podrá compararse al del saludo amable, al del reconocimiento y de la trayectoria bien ejercida.
Quizá sea tiempo de reflexionar sobre la oportunidad latente de tener un mercado artístico en la ciudad y el peligro intrínseco que éste acarrea, para poder buscar soluciones en vez de culpables. Nadie está exento de su realidad y es esto lo que lleva a mentes brillantes en el campo de la música, las artes plásticas, la literatura a buscar oportunidades en las grandes ciudades en vez de ser un valor agregado en este suelo que un día los vio nacer. No sirve premiar bandas o escritores si no se les traza una oportunidad verdadera de desarrollar su arte para poder equipararse a los otros muchos que sin tanto talento y con una buena campaña de marketing ganan millones. Tampoco se trata sólo de mecenazgo, sino de apoyo moral e intelectual.
Parafraseando: Tenemos lo que nos merecemos pero no lo que necesitamos. Los espacios de expresión artística son acotados, la promoción es escasa, el interés de la gente es efímero. No está en la mente de un bolichero pagarle a “unos pibes que la rompen”, no esta en nuestras costumbres comprar un disco “si lo puedo bajar de Taringa”, no podemos siquiera pensar que tal vez haya valor en “ese libro mal impreso”, no podemos pretender seguir con la mediocridad mientras miramos para otro lado cuando un artista nos pide su apoyo. Puede ser que ésa sea la mentalidad de muchos, pero por una vez podríamos hacer nuestro trabajo, desde el lugar que tengamos, interesarnos sin necesidad de que nos busquen, promover sin rédito, sin especular con el prejuicio, para algún día lejano poder contentarnos con lo bien que le va a nuestras amistades, colegas y conocidos, por el simple hecho que un Junín así estaría lindo.
Sebastián Asegurado

Son estos, tiempos hipermodernos en los que el mundo se ve inmerso en un frenesí implacable de la tecnología, el progreso, la ecología, los derechos humanos, la justicia social, pero también el desengaño, la mediocridad, las promesas rotas; el desencanto que la modernidad proponía con su idealismo y evolución indefinida. Una profunda reflexión sobre la maquinaria económica, social y política nos deja mal parados para afrontar los desafíos que esta ciudad chiquita nos propone.En la última dictadura militar incontables periodistas, escritores, dramaturgos, músicos y artistas asediados por el temor de la represión nos dejaron en forma de metáforas documentos patentes de su época. A lo que le siguió el vaciamiento intelectual y creativo de los años noventa con el neoliberalismo.La palabra, una vez censurada por el estado, es hoy en día encarcelada por el Mercado. Diferencias aparte, nadie puede negar el poder del mercado para ensalsar o humillar a sus jugadores, y son quienes lo controlan los que deciden sobre el éxito de los artistas que se ven inmersos en este mal necesario. Como diría Borges en su poema Ajedrez: […] Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza […]Esta censura comercial de disqueras, editoriales y televisores hoy nos presenta un plano cartesiano; un plano que involuciona a los puntos que comprende a una bidimensión que no se aplica a los tiempos que corren, y siguiendo con la metáfora, es obsoleto a la tridimensionalidad de artistas, estilos, historias y mentes que hay en el universo de la construcción lineal del tiempo.El mercado desvirtua, hace nacer grandes franquicias de chicos que recién salen de la escuela, no necesita promover experiencias maravillosas, sino vender. Es por eso que un éxito medido en niveles de rating, en            ganancia, en viles ventajas financieras nunca podrá compararse al del saludo amable, al del reconocimiento y de la trayectoria bien ejercida.Quizá sea tiempo de reflexionar sobre la oportunidad latente de tener un mercado artístico en la ciudad y el peligro intrínseco que éste acarrea, para poder buscar soluciones en vez de culpables. Nadie está exento de su realidad y es esto lo que lleva a mentes brillantes en el campo de la música, las artes plásticas, la literatura a buscar oportunidades en las grandes ciudades en vez de ser un valor agregado en este suelo que un día los vio nacer. No sirve premiar bandas o escritores si no se les traza una oportunidad verdadera de desarrollar su arte para poder equipararse a los otros muchos que sin tanto talento y con una buena campaña de marketing ganan millones. Tampoco se trata sólo de mecenazgo, sino de apoyo moral e intelectual.Parafraseando: Tenemos lo que nos merecemos pero no lo que necesitamos. Los espacios de expresión artística son acotados, la promoción es escasa, el interés de la gente es efímero. No está en la mente de un bolichero pagarle a “unos pibes que la rompen”, no esta en nuestras costumbres comprar un disco “si lo puedo bajar de Taringa”, no podemos siquiera pensar que tal vez haya valor en “ese libro mal impreso”, no podemos pretender seguir con la mediocridad mientras miramos para otro lado cuando un artista nos pide su apoyo. Puede ser que ésa sea la mentalidad de muchos, pero por una vez podríamos hacer nuestro trabajo, desde el lugar que tengamos, interesarnos sin necesidad de que nos busquen, promover sin rédito, sin especular con el prejuicio, para algún día lejano poder contentarnos con lo bien que le va a nuestras amistades, colegas y conocidos, por el simple hecho de que un Junín así estaría lindo.

por Sebastián Asegurado

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