Te definís como actor, escritor y periodista. ¿Cuáles de estas áreas creés que es tu vocación? ¿En cuál te sentís más cómodo?
Lo de actor fue un accidente, comencé a estudiar actuación buscando “el otro lado” que me sirviese para la escritura dramática. Por un tiempo me entusiasmé y me quedé en el gremio. La actuación –sobre todo la teatral– tiene una cosa muy intensa, creo que no debe haber nada más fuerte que el contacto de un tipo subido a un escenario con otro que está viéndote ahí a un par de metros desde una butaca. Después el fervor fue pasando y las cosas volvieron naturalmente a su lugar. Ahora ya hace varios años que no actúo y no lo extraño. El periodismo, por su parte, es mi medio de vida, estudié periodismo en la Universidad de La Plata y trabajo en Buenos Aires desde hace bastante tiempo en eso. Finalmente, la escritura es lo que hago con pasión, lo que me ocupa la cabeza la mayor parte del tiempo y con lo que disfruto, por lo que podría decirte que sí, que esa es mi vocación.
En tu biografía hay un comienzo truncado en la carrera de Letras, luego te volcaste hacía el periodismo. ¿Por qué este cambio de rumbo?
No, en realidad fue al revés. Cuando terminé el colegio secundario yo me fui a La Plata y me inscribí en Comunicación Social. Fue una carrera que fui estirando y en el medio pasaron muchas cosas: hice un par de años de Letras, también cursé un tiempo Psicología, preparé el examen de ingreso a Derecho, e hice un viaje a España con la idea de irme a vivir a Europa (de lo que me arrepentí al segundo día de estar en Madrid). En el medio de todo esto empecé a escribir y a leer literatura con una voracidad que después nunca más volví a tener.
Visto a la distancia creo que en mí no hubo un cambio de rumbo, más bien la coexistencia de varios rumbos a la vez. Fue un momento de búsqueda, cosa con la que también colaboraba lo que se estaba viviendo, pensá que era la época del gobierno de Alfonsín, había una gran movida a todo nivel, incluso durante un tiempo -muy corto– milité en política.
Sos autor de obras teatrales que han recibido buena repercusión de público y crítica, incluso algunas de ellas fueron presentadas en el exterior. ¿Cuál es el proceso de elaboración de los argumentos de las obras?
Nacen de las formas más diversas: de una imagen, de una frase sacada de la calle, una noticia que escuchás en la radio, a veces de un título. Parece una locura pero tengo un cuaderno con un montón de títulos, de los que pienso “están buenos, yo iría a ver una obra con cualquiera de esos títulos”, de ahí en más, por supuesto, no tengo la menor idea de lo que sigue. En otros casos hay una búsqueda más deliberada, por ejemplo tomo una relación común (por ejemplo madre/hijo) la saco de un contexto habitual (una casa) y la coloco en otro inesperado o insólito (un viaje interplanetario), pongo a los personajes ahí y veo qué hacen.
De esos puntos de partida, comenzás a pensar, a delinear cada personaje, plantear las relaciones, la peripecia, fragmentar lo que sucede en escenas, esta es la parte más “intelectual” y trabajosa. Luego para mí viene el momento del puro placer, que es cuando los personajes comienzan a hablarse, a interactuar y a armar la historia. Es como si se soltaran solos y vos fueras una especie de testigo privilegiado que va tomando notas.
¿Destacás alguna de ellas que te haya traído una mayor satisfacción?
Lombrices, sin dudas es la obra que más repercusión ha tenido. La escribí en 2004, se estrenó al año siguiente y ya tiene cerca de 40 puestas en el país y en el exterior. Lo que sucede con las obras es un misterio, hay textos en los que vos ponés todas las fichas y pasan desapercibidos y otros insospechados que logran una respuesta increíble. Con Lombrices me pasó eso. Después, Estocolmo es una obra que quiero mucho y me gustó lo que hicieron el año pasado en el Teatro del Pueblo, es muy difícil quedar conforme con una puesta porque nunca nada supera lo que vos ya tenés armado en tu cabeza y la verdad que lo que hizo Daniel Marcove me dejó más que contento. Luego tengo mucho cariño por Cuatro Obras Sanitarias, que fue mi primera obra formal (en la que también actué) y fue un lujo conocer, trabajar y aprender con Edda Díaz.
Tus obras contienen historias disparatadas pero sus personajes viven entre la locura, la depresión y el suicidio ¿Por qué esta dualidad?
Es una pregunta complicada, en principio diría que uno hace lo que puede, o escribe lo que le sale. Aunque suene a facilismo, en la creación yo estoy convencido de que el artista debe escuchar lo que le dicta su impulso natural y ahondar en él (quiero decir, si lo tuyo naturalmente es una comedia absurda y te sale más o menos bien una comedia absurda, no busques forzar la pluma con un drama victoriano, pues no es tu camino, no lo sentís y prueba de ello es que en un primer intento espontáneamente no te salió un drama victoriano) Después puedo decir que sí, hay un humor raro en las obras, son personajes bastante patéticos y desesperados que yo trato de encausar –quizás para que se puedan digerir– a través del humor. Un humor bastante oscuro, a veces perverso. No soy muy amigo de reflexionar sobre los mecanismos internos de lo que escribo, tengo el prejuicio de que al desarticularlos se va a cortar el chorro y no voy a poder seguir escribiendo, pero te podría decir que cuando alguien va a ver una obra y me dice “sabés, me pasó algo curioso, me reía y al mismo tiempo me preguntaba de qué me estaba riendo”, ese para mí es el mayor elogio, me digo “misión cumplida”. No advierto una dualidad entre las historias y los personajes, a mi modo de ver ambos van para el mismo lado y siempre los espera un final no muy grato. Creo que ninguna de mis historias termina muy bien.
En el área de narrativa publicaste el libro de cuentos infantiles Bicho Martínez, ataca ¿Podés contar cuál fue la génesis de este libro?
Bicho Martínez… nació de una carpeta con relatos que un día llevé a Editorial Sudamericana. Los cuentos les gustaron y me ofrecieron publicarlo en una colección de literatura juvenil, cosa que en principio me sorprendió pero que acepté gustoso. En realidad, salvo un par de concursos y la época en la que escribía relatos y obritas teatrales para la revista Anteojito, no volví a escribir literatura para chicos y yo creía que la carpeta que les había llevado contenía cuentos para adultos.
El libro salió en 2007 y el primer relato, que es el más largo, es el que le da el nombre al libro y habla de una bestia bastante rara, rescatada por un tipo bueno de una veterinaria y que sufre la incomprensión y la discriminación del entorno. Bicho Martínez existe de verdad, es un amigo mío juninense que ahora vive en La Plata y yo le robé el nombre en una especie de chiste/homenaje.
Participaste en el taller literario de Liliana Heker. ¿Qué experiencia rescatás de esa formación?
Es una posición muy personal y tal vez quien lea esto puede no compartirla, pero yo creo que los talleres de escritura no sirven. Quiero decir, hice un taller con Liliana Heker, creo que es una escritora estupenda y además muy buena gente, pero basado en esa experiencia entiendo que si uno busca escribir desde una voz propia, un taller no es el camino. Se pueden armar grupos de lectura, juntarse con amigos, intercambiar material, leer y hacer devoluciones, pero que otro escritor (con un gusto, una estética y una búsqueda propios) te diga qué está bien y qué está mal y cómo tenés que escribir, no lo creo. Se me puede decir pero hay escritores que han surgido de talleres, mi respuesta es ya lo eran antes y más allá de los talleres. Pero, repito, es una opinión muy personal.
¿Cuáles son tus influencias a la hora de escribir?
Todo es influencia, mis historias transcurren en el presente, raramente me traslado a otras épocas, entonces todo es motivador, la calle, la gente, los personajes públicos, el discurso cada vez más enrarecido de los medios, la buena y la mala literatura, el buen y el mal teatro, todo sirve, y uno es como un infiltrado, un outsider que anda por ahí a la caza.
¿Cuáles son tus proyectos a corto plazo?
En estos días está saliendo un libro que se llama 15 escenas de humor para el Taller, que está orientado a escuelas y talleres de teatro, con escenas cortas para que se utilicen en la enseñanza teatral, lo edita Corregidor. En abril se va a estrenar en Montevideo Celular, con dirección de Marcelino Duffau, que ya hizo otra obra mía, en 2006. También en abril una compañía que hace teatro en español va a montar Lombrices en Houston, Texas. En cuanto a narrativa, en la segunda mitad del año voy a editar Pensarás que estoy loca, un libro de cuentos con el que obtuve una mención del Fondo Nacional de las Artes.
En este número tratamos la droga como estímulo en el arte ¿Qué opinión tenés acerca de este tema?
En principio de respeto a todas las opiniones, hay gente que cree que las drogas benefician a la creación artística y otras que no, por otro lado hay artes y artes, las drogas en el mundo de la música juegan un papel, en el mundo de la pintura, de la literatura otro, etc. Entiendo que es una cuestión polémica y que no está exenta de contradicciones. Hay tipos geniales que abusaron de las drogas y hoy siguen estando con nosotros, otros ya no lo están a raíz de las drogas, otros más sanos que el Nestum que son genios sin apelar a estímulos y otros supersanos que no tienen nada para decir. Desde mi experiencia, con la escritura yo intento hacer algo auténtico, quiero decir, nunca deseo ser más yo mismo que cuando escribo, por lo tanto no me convence mucho que sea otro (mi yo drogado) el que se ponga a garabatear en mis papeles. Y luego hay una cuestión práctica, la literatura tiene mucho menos de sublime inspiración dictada por las musas que lo que la gente se imagina y, en cambio, bastante más de trabajo de oficina. Y los oficinistas, se sabe, no pueden andar por ahí drogándose, sería vergonzoso.
por Luciano Molina


