El Arte en fuera de campo.
Edición impresa, Nóumeno #9 Por Silvina Torviso.
Indiferentes, impávidos y vacíos descubrimos los rostros de Alberto Laiseca, León Ferrari, Horacio González y Rodolfo Fogwill. Los sabemos viejos, adorables, brillantes. Los vemos decrépitos, abandonados, idos.
Se trata de un fotograma de la película El artista, dirigida por Gastón Duprat y Mariano Cohn sobre un guión original de Andrés Duprat. La protagoniza un genial Alberto Laiseca, interpretando a Romano, un anciano institucionalizado (los otros tres traviesos sólo son extras, compañeros de geriátrico, no tienen una línea). El cantante retromelódico-camp (?) platense Sergio Pángaro es el enfermero Jorge Ramírez, que decide presentar en una galería de arte los dibujos de Romano como propios.
Indudablemente a Ramírez no carece de olfato ya que alcanza un éxito inmediato con los dibujos del viejo. Hay otro personaje interesante, el de Emilio, curador y crítico de arte (interpretado por el guionista Andrés Duprat, que en la vida real es el Director de Artes Visuales de la Secretaria de Cultura de la Nación) que apadrina inmediatamente a Ramírez. Es un buen tipo, sensible y realmente sabe de arte. Por eso de algo se percata. En un momento dice: “encuentro una clara relación entre la obra de Jorge Ramírez y un movimiento que tuvo lugar en la primera mitad del siglo XX, que se llamó “Art Brut” o traducido, “arte de los locos”. Era un movimiento fogoneado sobre todo por Jean Dubuffet y que de alguna manera puso en escena un arte hasta ese momento inédito o soslayado, que tenía que ver con las producciones que realizaban los enfermos mentales, y eso tomó mucho interés en la intelectualidad, en este caso la europea, y digamos, en sintonía con las ideas freudianas de un arte capaz de evitar el filtro del artista, el filtro voluntario, o sea un arte que iba directamente del inconciente y se plasmaba en el papel. Aún hoy, digamos, es un movimiento muy reconocido y existen museos en este sentido. De ninguna manera quiero decir que Jorge es un enfermo mental y tiene problemas psíquicos…
No vamos a decir cómo termina la peli, obvio, tenemos códigos. Pero el final es lo que menos importa; cada plano, cada diálogo y cada silencio apelan a la inteligencia y son suficientes por sí mismos.
Salimos del cine en ese raro estado, un poco de ensoñación, un poco de excitación, en que nos dejan las buenas películas. Pasan horas, a veces días completos en que no podemos salir de ellas. Pero en este caso también hay una fricción, un rumor extraño, preguntas molestas: ¿los dibujos hubieran tenido éxito si se hubieran presentado como fruto de la demencia senil? ¿somos un poco estúpidos los amantes del arte contemporáneo? ¿El arte contemporáneo es una gran farsa? ¿Cuál es la esencia del arte? ¿Hay algo esencial en el arte? ¿Dónde está el arte: en el artista, en la obra, en el espectador? Y siguen.
Probablemente, a veces, el Arte no sea, sino que acontezca. Y si acontece, seguramente lo hace en los ojos de quien lo mira. Aunque lo haya producido un loco, un cuerdo, un niño, un marginal o un artista oficial.
Andrés Duprat, dice algo parecido, e incluso lo dice mejor: “El mundo del arte es per se un territorio fangoso, lleno de incertidumbres y de intereses encontrados, un territorio abierto, dinámico y en eterna expansión. Un territorio que se repiensa y resignifica a cada instante. La película no pretende clausurar cuestiones; por el contrario, propone nuevas y viejas preguntas y lleva al espectador a reflexionar acerca del campo de la creación humana”.
Y bueno, veánla, che!
Una irónica venganza
Edición impresa, Nóumeno #9 Por Lucas Lavítola.
De la misma forma que ese televisor al que miran los célebres viejitos del geriátrico, por cuya aletargada mirada inferimos su presencia más allá de los límites del cuadro (además de que se escucha, a modo de guiño, la presentación de Televisión Abierta, creación de los directores), el Arte permanece acertadamente en el espacio no visible pero imaginario que la formal y minuciosa ventana al mundo de El Artista nos presenta. Es que lo importante no es que veamos los dibujos de Romano (el impenetrable geronte que compone Alberto Laiseca) que el enfermero usufructúa (Jorge Ramírez, un tipo lo suficientemente ambiguo como para que su idiotez pueda pasar por genialidad y sus silencios por profundas meditaciones). Dejando a la obra en fuera de campo, lo que cuenta el segundo film de la dupla Cohn-Duprat es una especie de colmo del arte contemporáneo que pone en evidencia sus absurdos.
Y si bien asistimos a ellos desde el perplejo punto de vista del enfermero Ramírez -inmerso tan virginal en un mundo ajeno recuerda un poco al genial Peters Sellers de Desde el jardín-, de momentos parece que la subjetiva le pertenece a la mismísima obra de arte. Así sucede claramente cuando vemos en contrapicado a Jorge y al fotógrafo vecino y éste le comenta lo buenas que son mientras le hace las reproducciones de la misma. Como si cobrasen vida, los dibujos de Romano-Ramírez, la “obra de arte”, dejan de ser un mero objeto manipulado por las personas a ser también un sujeto que, como si fuera un paciente parcialmente anestesiado, no puede hacer mucho con lo que hacen con ella pero nos permite observar con su mirada a todo a ese universo que le otorga sentido. Estas escenas permiten pensar a El artista como una especie de irónica venganza del arte contra sus usuarios o contra todo aquello que hace desvanecer en el aire todo lo esencial de una obra, sea ésta una canción, un dibujo o una película.
Lo mejor de esta idea son las escenas en las que somos enfrentados los espectadores del film y los de la obra de Ramírez-Romano, realizando, como afirmó una crítica italiana que los realizadores reproducen orgullosos, un tajo en el cuadro. A través de él vemos por fin cómo son aquellos en cuya mirada –como bien dice la profe Torviso- el arte acontece. Siguiendo este sentido, aunque los realizadores pretendan, según sus dichos, no dar respuesta alguna a las múltiples preguntas que el film puede disparar, creo que al menos una es discernible y resulta bastante conocida: una obra de arte es tal si se encuentra en un contexto que la legitime. Lo cual le otorga la mitad de crédito sobre los dibujos a Ramírez por tener la osadía y el olfato, de llevarlas a ese contexto, de lo contrario no hubieran pasado de ser meros garabatos de un viejo senil.
Una cosa más para agregar: la extraña afectación que comporta el film resulta paradójica. Si bien es narrativo, da la sensación de que la forma no pretende seguir a la función, o al menos se hace evidente cuando debería ser invisible. Esto lo genera fundamentalmente el uso de planos fijos compuestos con absoluta formalidad, con más lógica pictórica que fílmica, e incluso en algunos pareciera citarse algún estilo histórico conocido -desde el comienzo mismo vemos un plano de una mancha de humedad que bien podría ser una obra informalista-. Si lo que pretende la propuesta estética es señalar el carácter “artístico” del film, afirmaría que El artista termina lamentablemente por morderse la cola.




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