Cuando pensamos en la relación entre la droga y el mundo del arte generalmente asociamos con estrellas de la música destruyendo una habitación completa al mejor estilo del personaje de Pink en la película The Wall o a Sid Vicius apuñalando a su novia en el Chelsea Hotel de Nueva York. Una enumeración de celebridades y anécdotas sería larga y redundante; ya forman parte del imaginario público.Pero qué pasa en las artes visuales en relación con el consumo de estimulantes? El carácter elitista de las artes visuales hace que no conozcamos tanto de la vida privada de los artistas plásticos que, en general, no son estrellas mediáticas. Los seguidores de las artes visuales se suelen interesar más en interpretar el contenido de las obras o comprender sus aspectos formales y técnicos que en conformar un club de fans. La historiografía seria del arte no abunda, salvo excepciones, en información sobre el tema. El mundo de las artes visuales es un poco más discreto. Pero no tanto.
Fuentes menos confiables, sobre todo textos en la red, nos revelan la adicción de Van Gogh y Gauguin al absintio, el gusto de Manet, Picasso y los surrealistas por el opio, el éter y la morfina.
Pero es en el arte contemporáneo cuando el fenómeno parece expandirse. Tal vez sea porque aparecen otras sustancias. O porque el mundo cambia. O porque el arte, simplemente, cambia junto al mundo.
Entre los artistas contemporáneos más relacionados con las adicciones encontramos a Pollock y Bacon y, ya fuera del ámbito de la pintura, a los accionistas vieneses. Estos sometieron sus cuerpos a situaciones crueles o humillantes, como torturas físicas o crucifixiones. En sus performances incorporaron sangre, esperma, excrementos, cadáveres y vísceras de animales. También realizaron actos de mutilación, automutilación, sacrificio y castración. En estos casos, tanto las acciones como el consumo de drogas tuvieron un carácter ritual.
En The Factory, el taller-industria de Andy Warhol, las drogas eran un elemento estructurante de todo lo que allí se hacía, aunque el mismo Warhol aparentemente no llegó a una adicción. Paternal, recriminaba a su protegido, el rápidamente célebre Jean-Michel Basquiat, su adicción a todo tipo de drogas. El pintor afroamericano finalmente murió de sobredosis de heroína a los 28 años.
En los noventas Damien Hirst, quien presenta tiburones, vacas o terneros en cajas vidriadas con formol, ha admitido la adicción por la cocaína y alcohol.
La lista de las ¿rarezas?¿provocaciones? sería muy larga, pero también sería injusto reducir el arte contemporáneo a una lista de acciones bizarras o perversas fruto del uso o abuso de drogas. También hoy hay quienes producen obra plástica desde una poética de la belleza o de la reflexión, no sabemos si en total sobriedad o bajo efecto de narcóticos. Tal vez sea un lugar común de nuestro pensamiento inferir que sólo los artistas provocadores consumen y que los otros no lo hacen.
Estaría León Ferrari “drogado” cuando concibió la idea de ensamblar un cristo de santería sobre un cazabombardero norteamericano? O el médico alemán Gúnther Von Hagen cuando plastinó cadáveres y los expuso como obras de arte? O el fotográfo Andrés Serrano cuando fotografió magistralmente fluídos corporales? No parece. Nos produzcan o no placer estético se necesita mucho pensamiento, habilidad o conocimiento técnico para concretar esas obras.
¿No será que cada artista es cómo es, provocador, reflexivo, tranquilo, combativo, emocional, impulsivo, poético, lírico, sensible, intuitivo, serio, politizado, obsesivo independientemente de que consuma o no alguna sustancia? Chi lo sá…
por Silvina Torviso




