El espejo empañado

Era una de esas noches frías y húmedas de domingo. El empedrado de la calle Bacacay brillaba como una joya falsa. Ella se acercó, apoyó sus manos en la ventanilla y me miró en silencio por unos segundos, como si mi sorpresa por encontrarla fuera también su sorpresa. Después subió al auto y arrancamos. Cualquier cosa que dijera iba a marcar el tono de ese encuentro, podía hacerme el enigmático, el burgués, el tímido, podía hacerme el amigo o el disconforme.

- ¿Hace frío en la calle? – le dije

Como respuesta acercó sus manos y las apoyó en mi mejilla. Sus manos olían bien.

Manejé en silencio hasta un hotel por Fray Cayetano, una vez adentro del cuarto me quedé parado sin saber qué hacer, todavía sentía su mano en mi mejilla. La escuchaba respirar del otro lado del cuarto. Todo estaba fuera de lugar: su perfume infantil, su pelo cortito, el silencio. Me acerqué y nos besamos con violencia. Primero los labios, luego sentí su lengua tibia dentro de mi boca. La apoyé contra una pared formada con vidrio y apliques de alfombra y la desvestí. Ella bajó, sentí su lengua en mi piel, su boca recorriéndome, buscando variantes para hacerme perder el control. Era ahí donde quería estar, refugiado en su belleza, perfumado con su piel, sobresaltado. Traté de retrasar el final pero no pude controlarme y acabé muy consciente, sabiendo que ese había sido uno de los mejores.

Nos descubrimos en las sombras y me contó que nunca le había pasado algo así, tenía 18 años, se llamaba Gabriela, desconfiaba de casi todos los hombres, un ex novio había baleado al padre, su abuela estaba muriendo de cáncer y ella había salido a la calle cuatro días antes para pagar su tratamiento. Quería mostrarme el documento. Repitió que tenía 18 años, ni más ni menos y que Gabriela era su nombre real. No importa, le dije. Me di cuenta que, en ciertos momentos, su R se patinaba. Era algo casi imperceptible. Mi nombre lleva R, pensé. Le conté que me llamaba Roni Bandini y que era un escritor apenas conocido. Exageré.

Nos vestimos despacio. Gabriela saltaba en puntas de pie por el cuarto, como si temiera despertar al resto de la ciudad. Recogía su ropa, daba saltitos, me miraba, sonreía, sacaba toallas, se peinaba. Y yo maniobrando con la billetera, sacando hasta el dólar de la suerte.

- Te equivocaste. Hay de más – dijo

- Es todo para vos

Salimos, le dejé mi teléfono y me fui por Avellaneda, rumbo al centro.

Ya en mi casa, pensé que seguramente me había mentido su nombre, su edad, su pasado pero así y todo no podía sacármela de la cabeza. Mis manos tenían su perfume. Mi piel olía rico, era un olor a suavidad, a 18 años. Pasé dos días mareado, enfermo de celos, esperando su llamado. Cerraba los ojos y sentía reflejos de su cuerpo y de su R patinada. Y no pude más, saqué el Chevette y manejé impaciente hasta llegar a esa calle empedrada. Mi corazón se encogió al verla. Gabriela. La única en esa esquina. Frené y su cara se deshizo en una expresión pura, de sorpresa.

- ¿Hace frío en la calle?

Subió al auto y acercó sus manos para acariciar mis mejillas. Fuimos al mismo hotel sobre Fray Cayetano. Tenía ganas de hablarle, de contarle como me había sentido esos días, pensando en ella. Pero me acerqué y la besé y nos tiramos en la cama a repetir o a desmitificar. Pero claro, estaba todo ahí, era la misma sensación, era increíble tenerla toda para mí, esa suma de minutos, toda esa intimidad junta. Me senté al borde de la cama y le estaba por contar que hasta un escritor malo puede conseguir algo de plata y alquilar un departamento y quien sabe, viajar, irse a vivir lejos, a Puerto Madryn o cualquier otro lugar. Nadie la iba a conocer en Puerto Madryn.

Estaba por hablar cuando escuché su voz. Un segundo antes. Me contó que nunca le había pasado algo así, tenía 18 años, se llamaba Gabriela, desconfiaba de casi todos los hombres, un ex novio había baleado al padre, su abuela estaba muriendo de cáncer y ella había salido a la calle cuatro días antes para pagar su tratamiento. Quería mostrarme el documento. Repitió que tenía 18 años, ni más ni menos y que Gabriela era su nombre real.

No importa, le dije y esa vez iba en serio.

Roni Bandini

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